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En un viejo bar del puerto, la intendente jefe Malena, recapitulaba los trágicos acontecimientos de las últimas fechas.

Habían sido unos meses duros para ella. El descubrimiento de un pólipo en el útero, que parecía indicar que se trataba de un tumor maligno, sumado a la muerte de su marido dos meses atrás, la habían sumergido en un circulo de nostalgia y pesimismo interminable. Respecto al pólipo, estaba a la espera de los resultados del laboratorio, por lo que había alguna esperanza de recibir buenas noticias, pero en relación a su marido, eso era otra cosa, él nunca volvería y aun así, no podía dejar de pensar en él.

Dio una calada a un cigarrillo como si en la boquilla del mismo estuviera contenido todo el aire que precisaba después de una apnea asfixiante. A aquellos problemas personales, se añadía la investigación de un enrevesado caso, y es que en aquel lugar inhóspito, el comisario la había destinado debido a la aparición de dos cadáveres en la costa.

El pueblo relacionado con este suceso, se encajaba en un cabo azotado por la naturaleza, que mediante el viento y las olas parecía quererlo engullir para borrarlo del mapa. Un clima desapacible a lo largo del año, que sólo daba tregua unas escasas semanas de julio sin que el frio nocturno y la brizna desaparecieran.

En aquel lugar predominaba la vida mustia, que se desarrollaba raquítica, sin entusiasmo, para morir sin trascender. Eso lo sabían sus habitantes, que cuando podían emigraban para otros lugares más animados dejando tras de si una pequeña población de ancianos que esperaban la muerte sin demasiados sobresaltos. Los pocos jóvenes que no se iban y se libraban del infortunio del desempleo, encontraban su faena en los barcos de pesca de pequeño y mediano calado que salían del puerto.

De esta suerte era también su vegetación marchita, lánguida en vida, sofocada una y otra vez por el salitre que trasportaba la llovizna brotada por el mar cuando se estrellaba furiosamente contra las rocas, para así insignificante; ser aniquilada fácilmente por el Angel de la muerte.

Triste y aburrida, en los últimos meses, la pequeña población había acaparado cierta notoriedad en la prensa nacional a causa de aquellos cadáveres.

El sumario, era de una enorme complejidad, ya que sin saber ni como ni porqué, algunos de sus habitantes enrolados en algún barco, desaparecían  en alta mar para surgir días después ahogados a la orilla de la costa.

El bar de aire rancio donde estaba Malena, guardaba con sus acabados de madera y adornos náuticos los testigos de una época sobresaliente, en donde los marineros gastaban lo obtenido por el mar en vinos y licores malos que reventaban hígados y memorias. El camarero apoyado tras la barra, de aspecto tan añejo como el local, no quitaba el ojo de la televisión, esperando que saliera el pueblo en el noticiero.

La intendente desde un asiento, escuchaba nerviosa como sonaba un reloj de pared esperando que dieran las cinco de la tarde, hora a la que había quedado con el patrullero Castro.

Mientras, pensaba que un hecho del día anterior, había generado un nuevo misterio a aquellos acontecimientos de por si fuera de lo normal. Entre las rocas, encontraron un tercer cadáver, pero eso no era todo. Aunque se esperaban los resultados forenses, en el pueblo, todos sabían que se trataba de un marinero embarcado en un pesquero que faenaba en las aguas de terranova. ¿Cómo podía haber llegado ese cuerpo hasta allí cuando estaba a casi 4 mil kilómetros?. Si bien, las corrientes marítimas del golfo en el caribe y después las del atlántico norte podían haberlo transportado hasta las orillas del pueblo, era tan sumamente improbable que apareciera justo allí y no en otro lugar en los miles de kilómetros que hay en la costa de Europa, América o África, que ese acontecimiento había conmocionado y porque no decirlo, asustado a todos.

Ajeno a ello, en la sala vacía de aquel bar, el camarero escuchaba a gran volumen como el locutor del telediario hablaba sobre una nueva crisis económica. A pesar de que no se intuyera lo más mínimo la esperada noticia sobre aquel maldito pueblo, se mantenía expectante con su vista clavada en el viejo televisor.

Malena, sin prestar demasiada atención, seguía con sus cavilaciones y es que había un dato especialmente importante del asunto. Todos los náufragos vivían en el pueblo. Parecía como si una maldición abatiera de nuevo a un pueblo que de por si, disponía de todos los argumentos para un fatal destino.

Pero si algo la había atemorizado, fue lo sucedido en la tarde del día anterior. Unos habitantes del pueblo localizaron un cuarto ahogado, pero esta vez, incomprensiblemente lo hallaron en tierra firme. Ubicado en el interior del pueblo, en una calle del casco antiguo. Aun impactada por lo que había visto, la sobrecogió la forma en la que se encontraba el cuerpo. Si bien el sentido común dictaba que alguien lo había llevado hasta allí, realmente parecía como si el mismo se hubiera arrastrado hasta ese lugar, dejando como rastro un amasijo nauseabundo de tela y carne propia. De rodillas y apoyadas sus manos en el suelo, estaba a cuatro patas, mirando al frente con un rostro desfigurado por la podredumbre e hinchado por el efecto posterior al ahogamiento en el mar.

Este hecho impactante, había precipitado el nerviosismo de los políticos y del comisario Rota, el cual, quería verla a las 8 de la noche con el fin de que le aportara nuevas revelaciones. Pero antes de que eso sucediera, quedaría con el patrullero Castro que había descubierto un testimonio que afirmaba disponer de información de todo lo sucedido. Se trataba de una curandera del pueblo, una bruja como le llamaban algunos del lugar. Se dedicaba principalmente a; quitar las malas energías, descubrir supuestas infidelidades y cosas por el estilo. Pero aunque se trataba de alguien que tendría poca credibilidad para sus superiores, debido a lo enmarañado de este caso, no podía prescindir de ninguna información por muy poco sólida que pareciera.

Llegaron las 5 de la tarde y se presentó a la cita con Castro. El patrullero, que rondaba la treintena, era una persona de su total confianza. En más de una ocasión, lo había sacado de un apuro dentro de la policía, lo que había generado a su vez una gran admiración y lealtad hacia ella. Lo trataba con familiaridad y una camaradería, que jamás llegaba a la insolencia. A veces le sonsacaba los chascarrillos de sus fiestas y aventuras amorosas para divertirse. Siempre estaba alegre, sin embargo hoy la recibió con un semblante serio y preocupado, que se correspondía con el animo generalizado de aquel pueblo.

Ascendieron por una calle sinuosa que estaba totalmente empedrada. La luz mortecina era el preludio de la noche que pronto le daría un aspecto mas desolador al paisaje.

Llegaron a una casa de piedra de dos alturas, cuya puerta, eran unos tablones de madera hinchados y corroídos por esa atmósfera sofocante. A su lado, pendían unas ramas de laurel colocadas según parecía para evitar los malos espíritus.

En el interior, una anciana avivaba el fuego con unas ramas secas mientras miraba las llamas como si contemplara una secuencia de acontecimientos. Su vestimenta parecía del siglo pasado cuando todos las campesinas viudas vestían igual. Un sayo negro, similar a una túnica que cubría su cuerpo hasta los tobillos, lisa por delante y cerrada por detrás con dos tiras de tela. En la cabeza, disponía de una capucha que ocultaba su cabeza dejando ver únicamente su nariz prominente y parte de su boca, sobre un rostro lleno de surcos causados por las arrugas.

– Lo invisible tiene designios inextricables Malena-, dijo  sin que aun los presentaran. Es imposible predecirlos, pero lo que si te digo es que los persuadas para que se vayan de este pueblo cuanto antes.

– ¿Quiénes? Dijo Malena confundida.

– Todos aquellos que habéis venido a meter vuestras narices en algo que no os compete.- dijo la vieja sin perder de vista las brasas de la hoguera.

– ¿Explíquenos el por qué?.- intervino el patrullero Castro.

Les contó que aquel pueblo existía desde tiempos antiquísimos y que en el siglo XVII, una gran cantidad de barcos circulaban cerca de sus costas procedentes de Portugal y América con destino al norte de España y Europa. Los lugareños aprovechaban los días de niebla, para hacer señales y simular faros para que se estrellaran los navíos y así poder robar todo lo que llevaban. Para evitar tener testigos para cuando las autoridades aparecieran, mataban a los náufragos supervivientes. Por ello, cada cierto tiempo imposible de determinar, desaparecían personas del pueblo, una maldición que se perpetuaría hasta que todos desaparecieran. Y esto se había precipitado, por la aparición de un texto en la iglesia que describía todos estos hechos. El silencio posterior de sus habitantes sobre su pasado infame evitando que todo el mundo lo supiera, parecía haber acentuado ese embrujo. Por ello le recomendaba que todos aquellos que no eran de ese lugar se fueran cuanto antes ya que en breve, algo grave iba a acontecer.

Lugar donde hay brujas

Salió de aquel lugar mas asustada de lo que había entrado. La conversación con la anciana y aquella habitación anacrónica eran sobrecogedoras.

Le dio orden al patrullero Castro que recogiera sus cosas y se preparara para salir de aquel pueblo. Por su parte, antes de ir al hotel donde se hospedaba para hacer acopio de las suyas se dirigió al encuentro del comisario Rota.

¿Cómo podía convencer al Comisario, un hombre pragmático e incrédulo de que aquello no pintaba nada bien?, Cuando se dirigió a él, fue lo más persuasiva que pudo. Se limitó a resumir lo sucedido en los últimos días, pero en el momento de plantearle sus conclusiones tras la visita a la bruja, estaba tan estremecida, que contuvo su aliento.

Hizo una pequeña pausa para aclarar sus ideas y le contó al comisario, que algo extraño estaba pasando allí. Pero para convencerlo que debía evacuar a la gente del pueblo, le mintió diciendo que podía ser algún tipo de pandemia o contaminación radiactiva provocada por los navíos franceses que tiraban los restos radioactivos de sus centrales nucleares a un par de cientos de millas de allí.

El comisario a regañadientes, le dijo que hablaría con sus superiores, políticos pensó Malena, para convencerlos que la mejor solución sería precintar aquel pueblo y hacer una cuarentena lejos. Le dio la orden a Malena para que saliera con todo su personal.

Sin demora, se dirigió al hotel en donde se hospedaba y se afanó a recoger toda su ropa lo más rápidamente posible. Entonces, escuchó algo en el pasillo. Al principio pensó que era un ruido fruto de su mente impresionada por los acontecimientos, pero después lo oyó claramente. Era el sonido provocado por algo que se arrastraba por el suelo, se sentía un movimiento brusco de algo que reptaba por el suelo de madera para detenerse por un instante para tomar impulso para el siguiente desplazamiento.

De repente, el teléfono fijo de su habitación empezó a sonar. Echo un vistazo al auricular pero enseguida volvió su atención hacia aquello que serpenteaba al otro lado de su puerta. El teléfono no dejaba de zumbar y los nervios del momento, le hicieron sentir esos timbres como un rugido atronador que le taladrara la cabeza. Mas allá de la puerta esa cosa, se estaba aproximando, impasible ante el rumrum del aparato.

Desconcertada, retrocedió alejándose de la puerta y se encontró con el receptor al alcance de la mano y lo cogió de manera inconsciente.

– ¿Hola?.- preguntó Malena, incapaz de pronunciar otra palabra.

– ¡Hola Malena!, soy tu hermana Valentina. ¿Qué tal estás?.-

Alterada por lo sucedido se ahogó una palabra, que imperceptible no rompió el  silencio, por lo que su hermana continuó.

-Han llegado los resultados del laboratorio sobre tu biopsia y que alegría, no es un cáncer maligno.

FIN

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