Seleccionar página

Las palas del rotor del helicóptero, giraban furiosamente cortando el abrasador aire que había en esas latitudes del mundo.

En el interior, un hombre de pelo rubio cubierto únicamente por un albornoz, era observado con detenimiento por un grupo de militares armados hasta los dientes sentados en frente y a su lado en unos asientos unidos al fuselaje del aparato.

-¡Que suerte tienes cabrón!, ¿Cuánto ganas si lo consigues, un millón de dólares?. Dijo uno de los soldados con un rostro curtido por múltiples peleas y rapada su cabeza casi hasta el límite sin recibir respuesta por parte de aquel individuo casi desnudo.

En el horizonte se veía el mar, lugar apacible y seguro comparado con lo que tenían bajo sus pies. Se empezaban a ver los suburbios de aquella ciudad africana, repleta de chabolas creadas con trozos de madera y chapas desiguales convertidas en hogares de supervivencia. A su vez, algunos escasos tejados y arboles tropicales se mezclaban con la ruina de edificios acribillados por el impacto de proyectiles de diferente calibre.

Al no obtener contestación, el mercenario continuó. -¿Sabes que antes de que lo echen en ese reality, lo verán en una fiesta para milonarios en una isla del caribe?, ya me imagino a todos esos peces gordos poniéndose hasta arriba de farlopa, con las mejores putas y tu en las pantallas gigantes corriendo como un cabrón perseguido por todos esos negritos.- continuó el impertinente soldado.

Mientras hablaba el mamarracho, el rubio pensaba en como podría salir con vida de esa situación y de algunos detalles que lo comprometían. Sólo tenía que sobrevivir durante veinte minutos en aquel lugar, lo que parecía un milagro. Además había algo importante que debía considerar del contrato y es que no podía perder las cámaras que portaría sobre su cabeza en todo momento para registrar sus movimientos, de lo contrario, se quedaría  sin recompensa.

-Pero, ¿sabes que hay otros como tu en otros lugares?, haciendo la misma puta locura, por si fallas, ya sabes. Tu imagínate que aterrizas y, ¡boom!, un bazooka te vuela las pelotas. Esos magnates y el reality perderían su fiesta- continuaba el militar martilleándole con sus palabras.

-Tengo ganas de mear.- dijo a todos aquel hombre rubio sin prestar especial atención a lo que decía aquel mamarracho.

-Aguanta, falta poco- respondió otro desestimando su petición. Al momento que el concursante pensaba en como se reiría si conseguía sobrevivir.

Para ello, el concursante debía bajar a aquella ciudad en guerra, repleta de niños y adolescentes cargados de fusiles y ametralladoras, que sólo respondían con balas ante cualquier estímulo. Veinte minutos y nada más, después avisaría al helicóptero por un micrófono que tenía incorporado y lo recogerían. Así cumpliría con su parte del contrato lo que le daría derecho a percibir una fortuna que emplearia para solucionar todos aquellos problemas que lo habían forzado a presentarse al casting de la productora.

Uno de los motivos por el que lo eligieron  era por su pelo rubio, así destacaría entre la población africana como un perro negro entre un rebaño de ovejas. Tampoco debía saber otros idiomas lo que evitaría que pudiera  comunicarse. Ambas cosas permitirían una persecución que se convertiría en una batida divertida para los espectadores.

-¡Oye!, ¿Es cierto que tienes una verga de  treinta centímetros?- completó su monólogo el militar.

Se refería a que la compañía, sólo admitía a personas con un buen falo para que cuando saltara del helicóptero desnudo, los lugareños pudieran verlo como Dios le trajo al mundo mientras portaba dos carteles al pecho y espalda en los que se podía leer “la tenéis pequeña”. Eso atraería a una nube de individuos furiosos que convertirían aquello en un tiro al blanco.

La estupidez supina convertida en un reality, que tenía cautivado a millones de espectadores por todo el mundo que esperaban cada semana que alguno de aquellos concursantes lo consiguiera, cosa que no había sucedido hasta el momento.

A parte de un incauto participante, sólo hacía falta un país en guerra en donde el riesgo para los concursantes estuviera garantizado. Aquella ciudad era perfecta. Carecía de luz y agua potable volviendo más irascibles a varias facciones enfrentadas que ocupaban diferentes territorios de la urbe y que mantenían siempre vigilados con el pretexto de evitar la invasión de enemigos reales o imaginarios. Los milicianos aburridos, desinteresados del devenir y ajenos de su futuro, ocupaban el tiempo en el consumo de drogas y el uso de la violencia discriminada.

El helicóptero descendió unos metros y otro militar le indicó con una mano que descendiera por una cuerda sujeto a un arnés hasta un pequeño parque totalmente descuidado formado por una vegetación salvaje, superviviente de un clima de calor extremo.

Una vez en tierra, el aparato se alejó velozmente, sabiendo que en pocos minutos aquello se llenaría de partisanos, delincuentes y soldados cuya causa es el odio; todos ellos de gatillo fácil.

Orinó en una pequeña palmera que trataba de crecer entre una maraña de vegetación reseca. Mirando asustado a todos los lados, fue como vio a un sujeto que sorprendido por la visión y con boca abierta, salió corriendo posiblemente para buscar a otros.

A sabiendas del riesgo de mantenerse en ese lugar, corrió por una calle estrecha que había visto en un mapa estudiado concienzudamente desde su elección como concursante hasta su actual participación. Desembocó en una vía más ancha de casas de diferentes colores casi en ruinas, con vehículos; asaltados, desmembrados y quemados hasta su estructura, cuyos huesos yacían en calles de tierra con aceras desniveladas y destrozadas por la desidia y la guerra.

Las vías ahora vacías, habían perdido su vida anterior abarrotada de mercaderes, niños inquietos y mujeres abotargadas por ropas que ocultaban todos sus atributos. Sólo quedaba de aquello, las callejuelas y bulevares polvorientos y llenos de basura.

En lo alto de los edificios carcomidos por las bombas, se situaban paramilitares desde cuyas atalayas disparaban a cualquier imprudente que por allí circulara.

No tardó en ser objetivo de los primeros disparos, que por suerte y por su correr zigzagueante evitó su impacto. Gritando desde lo alto, los milicianos avisaban a sus compañeros para que lo persiguieran.

El concursante corría con sus carteles golpeando pecho y espalda y su pene lacerando ambos lados de las piernas como badajo a su campana. La visión debio ser espeluznante para aquellos guerrilleros, que incluso muchos de ellos adversarios entre sí, habían encontrado un enemigo en común, como él que descubre un roedor o un insecto peligroso dentro de su casa.

Gritos que estremecían y ráfagas de balas escuchaba mientras continuaba su galopada esquivando automóviles convertidos en deshechos, restos de viviendas trasformadas en escombros y basura podrida hasta la escoria.

-¿Cuanto llevo, cuanto llevo?, preguntaba desesperado por el micrófono sujeto a su nuca, refiriendose al tiempo transcurrido hasta el momento.

-Aun falta, ¡sigue, sigue!.- se escuchó al otro lado.

Andanadas de proyectiles, voces que se desgañitaban, automóviles con injertos de metralletas a sus lomos y guerreros portando fusiles y ropas deshilachadas se acercaban sin remisión.

Aun a sabiendas de que cometía un error, consideró inevitable salir de la ruta establecida, se desvió por una callejuela colmada de restos de paredes que utilizó como escalones para introducirse en un edificio, para posteriormente cruzar entre diferentes inmuebles a través de agujeros realizados en sus paredes por granadas, obuses y ametralladoras de gran calibre. Pretendía ocultarse de sus perseguidores como una cucaracha de la suela de un zapato.

Mientras continuaba su huida, tuvo tiempo para ver el interior de aquellos lugares en donde como alimañas asustadas, se encontraban mujeres, niños y ancianos apiñados en esquinas de habitaciones improvisadas que las decoraban colchones viejos y sucios, muebles desquebrajados que sostenían utensilios que en otros lugares del planeta considerarían desperdicios.

-¿Cuánto queda?, maldita sea.- preguntó de nuevo.

-Ya falta poco, dirígete hacia la plaza de evasión.- escuchó por sus auriculares, refiriéndose a una pequeña explanada en medio de aquel caos; lugar en donde lo rescatarían.

En mitad de aquel ruido, sobre él escuchó las hélices del helicóptero que sintió como un brazo salvador en medio del naufragio. El aparato escupía proyectiles tratando de apartar el enjambre de abejas en que se habían convertido los milicianos, paramilitares y delincuentes que ya abarrotaban las vías en persecución del intruso.

El concursante llegó al extremo de un edificio y desde allí por el boquete dejado por una bomba, pudo ver como se acercaba la maquina voladora.

Saltaba, gritaba y sonreía, mientras hacía aspavientos con sus brazos para que lo vieran.

De repente un obús impacto en el helicóptero y este empezó a descender girando sobre si mismo hasta impactar con el suelo generando un estruendo ensordecedor.

El concursante despedido por la onda expansiva fue arrastrado por el suelo hasta que finalmente se detuvo tras golpearse con un revoltijo de desperdicios. Después de la conmoción, se sentó en el suelo apoyándose sobre los escombros y empezó a sollozar, en el instante que apareció un niño, que al verlo, le ofreció un puré blanco compuesto de harinas de maíz que sostenía sobre la palma de su mano.

-No tengo hambre, lloro porque se dañaron las cámaras de mi cabeza.- dijo sin pensar que aquel niño y su generosidad en la hambruna no le entenderían. Y acariciando su cabeza como agradecimiento continuó- Ya no cobraré el premio.- para después llorar desconsolado mientras las lagrimas, mocos y babas salían de sus cavidades sin rubor.

El estrepito del impacto pronto fue relegado por los ruidos iniciales causados por los perseguidores, que trepaban entre escombros, corrían y gritaban con el mismo ahínco que antes.

El concursante afligido, ya no los escuchaba ni sentía su amenaza.

Súbitamente del polvo y humo provocado por la explosión, surgió un vehículo todoterreno. Dentro, un militar hacía gestos bruscos para que subiera. Reconoció al soldado grosero que lo había molestado en el helicóptero.

-¡Vamos, Vamos!.- gritaba.- Nos espera una lancha en la costa que nos sacará de este infierno.

FIN

 

Únete

Gracias