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Gabino y Victoria se lamentaban a veces de su soledad, por eso cuando llegaba alguna visita, se convertía en todo un acontecimiento.

Mientras Gabino entretenía con su conversación a los invitados, ella descendía por el camino lateral al muelle hasta llegar a la playa, en cuyas rocas recogía crustáceos y moluscos que los forasteros valoraban como exquisitos manjares. Brincaba grácilmente de roca en roca con agilidad y precisión, escogiendo aquellos animales más adecuados para la cocina. A pesar de la costumbre, en uno de esos saltos se desequilibró y no pudo evitar pisar una roca cubierta por algas y musgos cuya superficie deslizante le impidió estabilizarse y cayó golpeando su cabeza en una afilada piedra que la quebró.

Un halito con sabor metálico la despertó del letargo. Se incorporó de inmediato y avanzó a través de una negrura en un lugar impreciso hasta que se topó con algo. De repente la claridad de una luna de color perla le permitió descubrir que aquello con lo que tropezó era una lapida y que se encontraba en el cementerio del pueblo.

No se cuestionó el motivo de su presencia en aquel lugar, su mente sólo pensaba en como llegar cuanto antes a casa, guardando la esperanza como si algo malo hubiera hecho, de que Gabino no la notara en falta a esas horas tan tardías.

Al llegar, su gozo fue pleno al ver a su marido que acostado en la cama estaba completamente dormido. Sin despertarlo, levantó las sabanas y la manta y se tumbó con sigilo a su lado.

Un grito estremecedor la despertó en la madrugada, mientras Gabino la miraba con estupor. Su cara desencajada por el pavor, no podía ocultar unos ojos dilatados, en cuyo interior pudo entender que le decían: ¡No puede ser, estás muerta!.

La pasividad en la que había caído por el terror, animó a Victoria a tranquilizarlo. Peinó su pelo con sus manos tal como había echo desde la juventud con un destreza extraordinaria y arrojó sobre él aromas que ni el más preciado perfume podría expeler. Agarró sus manos y las guió hasta su piel, antes áspera y arrugada por la vejez; ahora suave y tersa por una extraña lozanía. Apoyó sus caderas sobre su vientre rodeándolo con sus piernas de textura sedosa, se inclinó para besarlo y al encontrar sus labios, los rozó con una suavidad en la que no cabía precisar el principio o el final. Mientras, la punta de sus cabellos colgados sobre su pecho, como lenguas diminutas, acariciaban todo lo que encontraban a su paso.

A pesar del susto inicial, Gabino se dejo llevar por ese delicioso contacto mezclado en una nebulosa narcotizada provocada por el sueño y el cansancio que ni siquiera el miedo había disipado, alcanzando una excitación que jamás había conocido. Tras esa experiencia fuera de lo normal durmió plácidamente.

No fue fácil para él asumir las nuevas circunstancias. La había visto muerta entre las rocas e inerte en su ataúd con la piel cérea, mientras las plañideras con un apego, tristeza y alboroto fingido, sollozaban y gemían por un puñado de monedas de plata. Le inquietaba la posibilidad antes inimaginable de que otro ser del más allá apareciera con peores intenciones y el ineludible peligro al que se expondría en el caso de que ese ser etéreo en el que se había convertido su mujer, por algún motivo irracional quisiera hacerle daño.

Otra cuestión menos amenazante pero igualmente impactante para su raciocinio, era que se ponía en cuestión su escasa fervorosidad religiosa, rígido pensamiento que le había acompañado en su vida y único motivo por el que había discutido con su beata y creyente esposa. Su agnosticismo era infundado, ahora que era testigo de otra vida fuera de la realidad que hasta el momento se le había mostrado.

Era cierto que ya no era una mujer al uso, pero también era inevitable valorar algunas transformaciones positivas como la pericia con la que hacía todas las cosas, sin que por ello devaluara lo que había hecho hasta su muerte, pero los nuevos manjares que cocinaba eran de una exquisitez jamás imaginada. Y que decir de la dulzura con la que lo trataba, maravillosa ya desposeída de su conciencia mojigata, y por qué no decirlo, su nueva juventud catalizadora de pasiones. Otra cuestión a valorar y sin entrar en detalles, era todo lo que le hacía cuando el velo oscuro de la noche salía a escena; los roce, caricia, carantoña, abrazos o besos que le entregaba eran una conmoción fascinante para sus sentidos.

Puesto todo ello en una balanza, la posibilidad de escapar a esos encantos estaba descartada.

Así trascurrieron los días, meses y años. Mientras él trabajaba como ebanista, ella se ocupaba en otros oficios para encontrarse siempre en sus momentos de ocio haciéndose compañía; aunque fuera en silencio o en el aparente desdén provocado por una ocupación que los distraía.

La madurez de Gabino dio paso a una vejez acompañada de todas sus penalidades, sin que la juventud de Vitoria se viera alterada.

Un día mientras ella apoyaba su cabeza sobre él, se dio cuenta que ya no respiraba y  que su cuerpo había perdido toda calidez. Se mantuvo a su lado esperando que algo sucediera, pero lo único que se trasformó fue su estado de ánimo al ver como lo llevaban al camposanto para su entierro, embargándola en una soledad y tristeza perpetua que fueron arañando día a día su cordura.

Pasado un tiempo, la noche atrajo a un grupo de tres delincuentes confiados por los rumores de una casa abandonada y animados por la posibilidad de conseguir riquezas con facilidad. Cuando entraron en la vivienda, el espectro de Vitoria enfurecido lanzó toda clase de objetos contra los intrusos y agitó fuertemente las hojas de las puertas contra sus marcos provocando un gran estrépito. Dos de los ladrones asustados por el agresor invisible salieron despavoridos y el tercero aun invadido por la codicia trataba de introducir temblorosamente en un saco todo el botín que encontraba. Aquel malhechor, sintió el zarpazo de unas garras que como cuchillas le desgarraron la pierna, tras lo cual sin contemplaciones y a duras penas se dio a la fuga de aquel lugar. Desde entonces los habitantes de la comarca llamarían a aquel hogar deshecho por la muerte, “la casa encantada”.

Ella, cuya conciencia ya sólo la sostenían escasos hilos a la cordura, se dirigió a la única persona que le podía dar alguna respuesta sobre su situación. Espero oculta tras unos arboles a que se fueran los últimos feligreses de la misa del día y se presentó ante el párroco, joven cuando lo había conocido en vida ya anciano en aquel momento. Ese hombre se estremeció por completo al ver como levitaba ese ente etéreo y cuasi trasparente.

-¿Quién eres?.- dijo el sacerdote.

– Por eso estoy aquí, quiero saber quien soy. ¿De donde vengo?, ¿Por qué yo he vuelto y mi marido no?.- respondió ella con más preguntas.

El cura sentado en un escalón del altar y al borde del colapso, murmuraba rezos mientras sostenía con una mano un crucifijo y con la otra completamente abierta gestualizaba suplicando clemencia.

-¡Dime!- insistió ella con ira al ver la aptitud del sacerdote cuyo miedo sintió como un desprecio hacia ella que no merecía.

– ¡He aquí la cruz del señor!, tartamudeaba el sacerdote sosteniendo un crucifijo y ya repuesto de la primera impresión.- ¡Huid, entes enemigas!.- continuó con sus ojos completamente abiertos y unas pupilas dilatadas. -La omnipresencia del señor os expulsará… continuando con una retahíla de sermones prefabricados.

Vitoria le mostro unos dientes afilados en una boca inusitadamente gigante y agarrando un cirio se giró sobre si misma seguida por el velo que la cubría que al agitarse apagó el resto de velas y cirios de la iglesia quedando esta totalmente en tinieblas. Al salir, finalizó su enfado cerrando con violencia el portón de aquel lugar sagrado.

Bordeando la ermita y sobrepasando una puerta enrejada entró en el cementerio, quizás estando allí podría encontrar alguna respuesta resonaba en su mente trastornada.

Iluminada únicamente por el cirio y una luna parcialmente oculta por las nubes, atravesó sendas flanqueadas por mausoleos de estilo gótico cubiertos por abundante musgo y estatuas marmóreas que disputaban en altura con cipreses hasta que finalmente llegó a la entrada de la cripta en donde yacía su difunto. Atravesó una losa gigante y al llegar al ataúd en donde él descansaba, lo abrió y se tumbó a su lado cerrándolo tras apagar previamente el cirio con un leve suspiro.

FIN

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